Brian McNaughton – Merifilia


Merifilia

Hace ya muchos años, cuando acababa de entrar a la carrera de biología, y creo que a la mitad de una clase de matemáticas o geología, le enseñé a una de mis compañeras de primer semestre un borrador de una composición para piano que iba haciendo en mis ratitos libres en el metro y en la casa. El borrador estaba lleno de anotaciones entre estrellas, círculos, líneas que cruzaban de un lado a otro pero que era en un estilo minimalista, y le pedí a Ofelia que me diera sugerencias de nombre en una lista para esa nueva composición. Ella me dio una lista de 1 nombre, y cuando le pregunté que por qué solo había escrito uno me dijo que no sabía nada de música, pero que cuando estudiaba en el CCH Vallejo leyó un texto que se llamaba Merifilia y que mis garabatos le recordaban a la niña que era el personaje principal de ese cuento.

Cuando terminé de escribir la partitura para piano fue el nombre que se quedó como título. Semestres después dejé de ver a Ofelia, supongo que abandonó la carrera, la última vez que la vi fue saludando a algunas de nuestras amigas de primer semeste y todas entraron al baño porque les iba a enseñar un tatuaje de salamandra que se había hecho. Ya no las vi salir porque me fui a clase. Y como siempre me quedé con la inquietud de leer ese texto, del que no olvidé el nombre poque lo tengo plasmado en una pieza para piano, lo busqué durante muchos años y, fue hasta hace poco tiempo que, gracias a la digitalización y a la red, pude por fin leerlo.

Lo dejo aquí para no tener que buscarlo nuevamente y porque me parece un texto del tipo que normalmente no leo, pero con descripciones muy interesantes. Es un poco largo respecto a lo que la gente suele leer hoy en día en la red, pero al ser un texto literario, qué importa, es muy bello. Sería interesante que todos pudieran terminar de leerlo, pero sé que no será así, porque ahora la gente siempre tiene prisa y no tiene interés en hacerse tiempo para leer y menos a través de una pantalla. Pero aquí está para mí, y para quien realmente quiera terminarlo.

Brian McNaughton – Merifilia

“Toda la vida no es más que un conjunto de imágenes en el cerebro y entre ellas no hay diferencia alguna que separe las nacidas de las cosas reales y las nacidas de los sueños, y no hay causa alguna para valorar a unas por encima de las otras.”
H.P.Lovecraft

De todos los gules que había en el cementerio, Merifilia era la menos típica de su especie. Ningún hombre había podido llegar al extremo de encontrarla hermosa, pero su delgadez era menos extrema, su palidez menos horrenda y su caminar menos grotesco que el de sus congéneres.

La ternura de su corazón tampoco era nada típica de su especie, y cuando su naturaleza la obligaba a devorar los restos de un bebé muerto siempre derramaba alguna lágrima por él. También se mostraba amable y considerada con los demás gules, y sus modales a la hora de comer eran mucho más refinados que los de los éstos. Y dado que a los gules les encanta reír, lo que la convertía en una auténtica rareza era su inextinguible nostalgia por el mundo del sol y calor humano que había perdido. La sabiduría tradicional afirma que los gules hacen caer sobre sus cabezas la maldición de tan horrible estado porque han pasado su adolescencia  dejándose fascinar por las pasiones y los intereses morbosos. Gluttriel, Dios de la Muerte, se fija en los adolescentes y, a cambio de sus vidas, les ofrece los recuerdos y la sabiduría de los cadáveres que devorarán

Otros afirman que el gulismo es una enfermedad llamada Destemplanza de Porfat, bautizada así por el apellido del médico que legó a la posteridad su primera descripción científica y que posteriormente desapareció en circunstancias cuya peculiaridad resulta muy sugestiva. Antes de que la transformación resulte obvia a los ojos de los afligidos que se han congregado alrededor del lecho del enfermo o enferma – afligidos cuya pena se ha visto agravada por la creciente afición del ser querido a las observaciones macabras y las carcajadas que lanza en los momentos más  inoportunos -, el deseo de comer carne muerta hace que la víctima se dirija al cementerio más próximo. La primera consumición de carne muerta provoca cambios físicos que destruyen del todo la esperanza de volver al seno de la sociedad humana. Cualquiera de las dos explicaciones podría aplicarse al caso de Merifilia.

Cuando era una joven que estaba a punto de convertirse en mujer, Merifilia  conocía la necrópolis de la Colina del Soñador mucho mejor que los salones de baile y las tiendas elegantes de Crotalorn a los que acudían quienes tenían su edad. Hiciera el tiempo que hiciese Merifilia vagaba por entre las tumbas de los ricos y las zanjas donde estaban enterrados los pobres. Su atuendo que, – para empezar, ya no era muy elegante – sufría considerablemente como resultado de tales paseos y nunca le sentaba del todo bien, quizá porque uno de los bolsillos siempre se abultaba con el  peso de un volumen de relatos de Asteriel Vendren, malignos carbúnculos fruto de la fantasía enferma de ese escritor.

Merifilia solía instalarse encima de alguna lápida caída en el suelo, que muy bien podría ocultar la entrada a un pozo de gules, e interpretaba alguna melodía de Umbriel Finn con su flauta, un regalo de su difunta madre que tenía en gran estima, y su inocencia hacía que atribuyese los chasquidos y murmullos que oía al crujir de los árboles y el susurrar de la espesura. También tenía costumbre de meditar sobre temas que las personas jóvenes y de buena salud harían mejor dejando al cuidado de los sacerdotes y los filósofos.

Su padre intentaba curarla de aquellas pequeñas manías y poner algo más de carne encima de sus huesos, pues albergaba la esperanza de casarla con algún joven de las Grandes Casas. Purgaba regularmente su biblioteca tomando represalias contra aquella perversa peculiaridad suya que le hacía preferir los cuentos de terror y los nocturnos cerebrales de Umbriel a la gran literatura y las alegres tonadillas del momento. Le pellizcaba las mejillas para hacerla sonreír mientras gritaba pidiendo comida, vino y canciones alegres. Por desgracia el padre de Merifilia era comerciante en maderas, y sus ocupaciones solían mantenerle alejado de la ciudad y de su hogar en la Plaza del Sabueso, con lo que Merifilia recaía en sus nada saludables costumbres apenas su padre había cruzado el umbral para salir a la calle.

Cuando elogiaba a su madrastra poniéndola como ejemplo al que debía imitar durante su ausencia, Merifilia se limitaba a inclinar la cabeza y dejaba escapar un murmullo ininteligible. La segunda esposa de su padre era una mujer un tanto alocada nacida en Froterin y no mucho mayor que la propia Merifilia, que llenaba la casa de robustos atletas y músicos en lo que afirmaba era un esfuerzo para alegrar a su hijastra, pero cuando Merifilia huía al cementerio cercano para escapar del tumulto y las molestas atenciones de sus invitados, su madrastra jamás parecía percatarse de su ausencia.

Tanto da que buscase refugio en los brazos de Guttriel o que los vapores de aquella tierra repleta de cadáveres y surcada por galerías escabadas a fuerza de garras acabaran haciéndole contraer la Destemplanza de Porfat, pues el resultado fue el mismo. Poco antes de cumplir los dieciocho años Merifilia se adentró en las madrigueras de los gules y nadie más volvió a verla.

Pese a lo mucho que se ríen, los gules son una compañía aburrida y poco agradable. El hambre es el fuego en el que se queman, y su llama arde con una intensidad muy superior a la del anhelo de conseguir poder sobre los hombres o alcanzar el conocimiento de los dioses que atenaza al mortal dominado por la locura. Vaporiza toda delicadeza y deja tras de sí una escoria compuesta de ira y deseo. Los gules consideran que sus congéneres son meros estorbos que se interponen entre ellos y el alimentarse, obstáculos que deben ser combatidos y rechazados con aullidos en cuanto el cortejo de afligidos se ha marchado para volver a su casa. Rara vez están solos, y no porque les guste la compañía de los otros gules, sino porque un gul solitario siempre es sospechoso de ocultar comida. Su copulación es tan apresurada que las distinciones del sexo y la identidad suelen ser ignoradas. Merifilia deseaba penetrar los misterios de la amistad y el amor con tanta fuerza como antes había querido conocer los secretos de la tumba, y lo que más deseaba era averiguar algo sobre el amor. Creía que el amor debía trascender las colisiones de cuerpos huesudos a que se entregaba ocasionalmente con Artrax, el menos insensible de todos los gules masculinos, y se aferraba a él de forma nada normal en su especie.

– ¿Por qué lloras? – le preguntó en una ocasión Artrax mientras su acoplamiento hacía crujir los tablones de un ataúd que acababa de ser vaciado.

No es nada. Me ha entrado polvo en los ojos.

– Si, ocurre de vez en cuando.

Su pregunta y su comentario eran lo más que un gul podía aproximarse a la simpatía, pero quedaban tan lejos de lo que Merifilia imaginaba que era el mínimo humano, que sólo sirvieron para aumentar la intensidad de sus sollozos.

Merifilia buscó respuestas en los muertos, pues un gul adquiere los recuerdos de aquellos cadáveres con los que se alimenta, pero su fortaleza no podía compararse a la de los gigantes del mundo subterráneo, y la batalla por los fragmentos mnemónicos siempre acababa con ella como perdedora. Estudiar la existencia humana basándose en los míseros fragmentos que conseguía era como aprender a pintar corriendo por los pasillos de un museo. Aún así, había conseguido algunos vívidos destellos de humanidad que guardaba como tesoros. El olor del pastel de naranja y una canción infantil que evocaba una celebración del Cumpleaños de Polliel ya muy lejana: el crujir del cuero y el abrazo musculoso de un hermano que había vuelto por fin sano y salvo de una guerra olvidada; un altar iluminado por velas robadas, un rostro pálido asomado entre sábanas prestadas, las palabras “La fiebre a remitido” …

Otros gules tenían más suerte. Se alimentaban mucho mejor que ella, y recordaban partes considerables de algunas vidas. Solían fingir que se habían convertido en aquellos con cuya carne se alimentaban, y ofrecían aquellas imitaciones satíricas de seres humanos que eran la diversión favorita de su especie. Incluso Merifilia aullaba de risa cuando Lupox y Glotardo discutían sobre quién de los dos era Zuleriel Vogg, el famoso ladrón de tumbas, cuya ejecución había sido acogida por los gules con una alegría casi tan exuberante como la que reservaron para el momento en que los fragmentos de su cuerpo fueron arrojados a una fosa sin vigilancia.

En una ocasión Escrofardo devoró a una vieja mendiga de forma tan completa que su interpretación perdió toda cualidad satírica, y el gul empezó a alternar las quejumbrosas súplicas de que se le diera alguna moneda con los temblores convulsivos y el quejarse de la oscuridad, los malos olores y la humedad que le rodeaban.

– ¿Quién está ahí? ¿Quién va? – gritaba a cada risita ahogada y correteo furtivo.

La mayoría de los gules se apartaban de la falsa mujer con la esperanza de que cuando Escrofardo se hubiese recuperado y descubriera que no había nadie sobre quien descargar su mal genio se arrancaría la cabeza, variación que sería muy bien recibida por los demás. Pero Merifilia, que antaño había cruzado al otro lado de la calle para evitar el encuentro con semejante ruina, sintió el impulso de acariciar aquel rostro tan frágil. Los rastros de la vieja le parecieron muy hermosos, quizá porque los veía con ojos que aún eran capaces de albergar sentimientos.

La visión humana que había adquirido hizo que al principio Escrofardo no pudiera distinguir a la joven gul, pues el túnel sólo estaba iluminado por el débil resplandor de las fungosidades adheridas a sus paredes. Cuando vio lo que estaba acariciando, su rostro humano gritó y huyó hasta la superficie, donde fue ferozmente golpeado en la cabeza por las palas de los ladrones de tumbas. Los ladrones creían estar viéndosela con la molestia casi rutinaria de una vieja enterrada prematuramente, mas para su desgracia los golpes asestados con las palas no tardaron en conseguir que el más irascible de los gules volviera ser el de siempre y Escrofardo cobró en aquellos infortunados la venganza que, de otro modo, quizá hubiese proporcionado Merifilia.

Merifilia atesoraba los momentos de felicidad que recuperaba de los muertos, pero los platos habituales de su dieta eran el asesino, la enfermedad y la locura, con sus múltiples agonías de la muerte como postre. Los recuerdos agradables de los ricos estaban guardados en tumbas de mármol y bronce, pero los recuerdos de la pobreza y de la desesperación yacían esparcidos por todas partes y eran fáciles de encontrar. Los cadáveres de los más pobres – aquellos que no habían sido amados o llorados y que eran despreciados hasta por los necrófilos y los estudiantes de medicina – eran arrojados directamente a un pozo que los sepultureros habían bautizado como el Cubo del Almuerzo de Guttriel. Por muy lleno que estuviera el pozo cuando caía la noche, al amanecer las rocas del fondo se hallaban tan limpias como el cuenco del desayuno después de que un niño haya pasado la lengua por él.

Un día los conductos subterráneos vibraron con la noticia de que un hombre de gran fortuna, lustroso como un cerdo y atravesado limpiamente por el acero de su contrincante en un duelo, acababa de ser enterrado en una tumba sin protección. Su viuda no era natural de Crotalorn y estaba convencida de que los gules eran un mito. Cuando el ataúd fue bajado al agujero abierto en la tierra de aquella zona tan poco recomendable, se oyó como su voz correspondía a las atenciones del vencedor del duelo asegurándole que las tumbas de piedra reforzada con bronce eran de una vulgaridad espantosa.

Aquel día ningún gul volvió a conciliar el sueño. El suelo de aquella zona era tan fangoso que no permitía cavar túneles, por lo que la carne debería ser extraída desde arriba. La excavación debería empezar con el primer guiño de la oscuridad antes de que los ladrones humanos pudieran despojar al mundo subterráneo lo que le pertenecía. Puede que algún afligido siguiera rondando las inmediaciones de la tumba, por lo que los vigilantes aún estarían razonablemente sobrios, y eso obligaba a que la osadía de los incursores marcara nuevos límites para la leyenda. La discusión sobre las tácticas a seguir llegó a ser tan apasionada que los cuervos de la necrópolis emprendieron el vuelo y ennegrecieron la cúpula del templo de Ashtareeta, lo cual fue considerado como un presagio temible por sus sacerdotes y les impulsó a decretar una colecta de emergencia.

Merifilia sabía que la discusión era una farsa. La estampida general hacia la tumba haría que los planes fuesen olvidados en un momento. En cuanto a ella, su única esperanza era salir a la superficie durante el ocaso y avanzar cautelosamente por entre los setos y lápidas hasta encontrar un escondite cerca del objetivo. No tenía intención de llegar allí la primera, pues quien se atribuyera ese honor sería pisoteado por un monstruo como Glotardo o Lupox. No, esperaría a que alguno de ellos se lanzara hacia la tumba y se agarraría a los espigones de su columna vertebral mientras el coloso castigaba a quienes habían querido adelantársele. Se pegaría su cuerpo tan estrechamente como las verrugas de su trasero, y se contentaría con los restos que pudiese obtener.

Cuando llegó el momento Clamitia, la más astuta de todos los gules, usurpó el puesto de la sombra de Lupox. Merifilia lamentó que ello le dejara más remedio que poner la zancadilla a su hermana – con lo que ésta dejó grabada en el barro la huella de su venerable hocico -, pero el protocolo había desaparecido para ser sustituido por un caos de alaridos. Lupox sembró el pánico entre los que habían llegado en primer lugar atacándoles tan ferozmente como un perro de raza a una manada de ratas, sin importarle en lo más mínimo que dos de los obstáculos a los que apartó de su camino fuesen dos vigilantes humanos, quienes abandonaron sus garrotes destrozados allí donde habían caído y volvieron gimoteando a la seguridad de la choza.

La tumba estalló convertida en una fuente de tierra arrojada hacia el crepúsculo por las frenéticas garras de los gules. El geiser no tardó en escupir flores aplastadas, astillas de madera y, finalmente, trozos de seda y adornos de oro tratados con tanta desconsideración que cualquier ladrón habría llorado al presenciar el espectáculo. Y de repente, si haber tenido que hacer prácticamente ningún esfuerzo, Merifilia se encontró sosteniendo en sus manos un cuarto de cabeza, con el siempre codiciado ojo adherido a ella. Para los gules el ojo era equivalente a un plato delicado que abría arrancado una exclamación de placer al invitado de un banquete antes de que empezara a consumirlo delicadamente, pero Merifilia no estaba en ningún banquete refinado. Las garras arañaban su espalda, los codos se hundían en sus costillas y las mandíbulas se tensaban sobre sus hombros para apoderarse del trofeo que le había adjudicado el azar, por lo que no le quedó más remedio qué metérselo en la boca, masticar apresuradamente y engullirlo. Y después, encogida entre las rodillas de Lupox, tuvo la visión más extraña que pueda imaginarse. Se vio a si misma muy erguida, tal y como su padre solía decirle que debía caminar; con el cabello apartado de sus ojos tal y como solía apartárselo él; y con una sonrisa casi inimaginable creando hoyuelos en unas mejillas que no se parecían en nada a sus flacas mejillas de cuando era humana. La visión estaba envuelta en un halo de amor que apenas había sido rozado por la acidez del enfado, congelada para toda la eternidad bajo la capa vidriosa de la pena.

Merifilia comprendió sobre qué tumba había estado agazapada pero, siendo lo que era, no podía hacer nada salvo esforzarse por conseguir algún otro fragmento y dejar que sus sentimientos fueran aclarándose por sí mismos. Su siguiente hallazgo fue una mano que contenía una imagen mucho más clara de las nalgas de su madrastra, y que resultó ser un antídoto perfecto para los efectos producidos por el primer plato.

Su obsesión por la vida hizo que Merifilia volviese a sus costumbres solitarias de antaño. Los demás gules se lo permitieron, pues nadie sospechaba que pudiese ocultar alimento. Para los gules Merifilia era tan rara como había sido en el pasado para los seres humanos y, como ellos, sus nuevos compañeros agradecieron el verse libres de sus silencios melancólicos, sus observaciones inoportunas y su reluctancia a participar en un buen coro de carcajadas.

Una noche en que avanzaba por un sendero que había tenido costumbre de recorrer acompañada por las notas de su flauta, Merifilia estuvo a punto de tropezar con un hombre que no había ido allí a saquear tumbas o para suicidarse. El visitante estaba declamando versos a la luna llena con un fervor tan extático que no se dio cuenta de que Merifilia se apresuraba a deslizarse bajo la tiendo formada por las ramas de un sauce. Era el poeta Fragador, cosa que Merifilia averiguó de sus propios labios, pues antes de recitar cada poema Fragador se lo atribuía como si temiese que la luna pudiera confundirle con algún otro. “Sobre las manos de Terisa Sleith, soneto de Fragador de Fandragord”, anunciaba, o “Para Terisa Sleith en el día de su cumpleaños, una oda de Fragador, poeta y dramaturgo nacido en Fandragord”.

Mientras le observaba Merifilia pensó que sólo una luna muy desconsiderada y poco atenta podría olvidar su nombre. Fragador era el hombre más hermoso que había visto jamás; pero Merifilia le contemplaba con ojos de gul, sin ser consciente de que muchas personas le encontraban excesivamente flaco y pálido. Su corazón, tan tranquilo y adormecido incluso antes de su estado actual, empezó a palpitar como si un visitante provisto de su martillo se hubiera instalado dentro de su pecho. El tema de los poemas le gustaba bastante menos que su voz. Terisa Sleith era la gran belleza de Crotalorn, y en más de una ocasión su padre se la había puesto como ejemplo de todo los que Merifilia no era. Fragador la deseaba tan ardientemente como Merifilia le deseaba a él aunque en su caso quizá tuviera derecho a albergar alguna esperanza, cosa que le estaba vedado a Merifilia.

Fragador visitaba el cementerio con tanta frecuencia como Merifilia, y siempre traía consigo una nueva cosecha de poemas que alababan el ingenio, la gracia, la belleza de la misma persona. Cuando la luna tenía otras obligaciones que atender, Fragador recitaba sus versos ante una estatua de Filouela que se reclinaba en una actitud de complacencia sobre una de las tumbas de sus sacerdotes, sin imaginarse que la opulenta silueta de la diosa ocultaba un horror tembloroso que anhelaba concederle todo aquello que Terisa le negaba.

¡Cómo aborrecía a ese nombre! Aparecía en cada verso escrito por Fragador, y cuando pronunciaba esas sílabas repugnantes, la voz del poeta temblaba, vibraba y desfallecía. Merifilia acabó siendo capaz de prever su aparición y cuando llegaba murmuraba su nombre en voz lo suficientemente alta para que el de Terisa no llegase a sus oídos, sin importarle que la diferencia silábica estropease la elegante métrica del recitado. A veces hablaba con demasiada vehemencia y el poeta carraspeaba, se limpiaba el oído con un dedo o contemplaba con expresión inquieta las sombras que le rodeaban. Pero el corazón del poeta no había logrado captar bien su nombre, pues una noche Fragador la sorprendió y emocionó declamando un poema a “Mortila”, quien había sido identificada por su intuición poética como un espíritu de la noche y de la muerte, y cuya ayuda invocaba pidiéndole que ablandara el corazón de Terisa antes de que sus esbeltos miembros acabaran convertidos en alimento para los gules. Merifilia recitaba las estrofas del poema para sí mientras deseaba ardientemente que sus miembros estuviesen al alcance de sus mandíbulas capaces de partir ataúdes.

El deleite que les inspira el horror, su flirteo con la muerte, su amor ala sombra y la soledad… Ella y Fragador eran muy parecidos, o lo habían sido. Si le hubiera conocido cuando vivía bajo la luz del sol… Pero Merifilia luchó con aquel deseo y no paró hasta agostarlo. Aunque hubiera caminado con la espalda erguida y se hubiera peinado, aunque hubiera sonreído de vez en cuando y hubiera trinado bromas y observaciones agradables, ningún hombre atraído por el delicado rostro y la silueta núbil de Terisa Sleith le habría dedicado ni una sola mirada. Cuando la cruel damisela se prometió con otro hombre los versos de Fragador se convirtieron en delirios empapados de ira y de dolor. La corrupción que siempre había estado oculta bajo sus imágenes más soleadas se arrancó la máscara y el poeta empezó a hablar de asesinato y suicidio.

Merifilia tuvo que admitir que no sólo era un hombre hermosísimo y poseedor de grandes dotes poéticas, sino que además era un auténtico genio. Nadie se habría adentrado tanto en el abismo, ni siquiera Asteriel Vendren. Merifilia le amaba y le adoraba, y ahora que el incongruente objeto de su deseo había demostrado ser todavía más estúpido de lo que indicaba su comportamiento anterior, incluso llegó a albergar la tímida esperanza de que Fragador pudiera ser suyo. Empezó a imaginarse que su cerebro era un hervidero de hormigas muy atareadas donde cada hormiga era una forma de declararle su amor, y la fantasía acabó convirtiéndose en una obsesión tan poderosa que a punto estuvo de destrozar el cráneo contra una lápida para exterminarlas.

La luna llena volvió a brillar sobre el cementerio, pero el poeta no se presentó. Merifilia iba nerviosamente de su estatua favorita al sauce y volvía a la estatua. Acabó rompiendo el círculo de sus paseos para correr hacia la entrada principal, allí donde empezaba el reino de la vida y la luz. Saltó a lo largo del muro y escudriñó la Calle del Limón primero en una dirección y luego en otra, después se inclinó peligrosamente hacia fuera para observar la Plaza del Sabueso, donde sólo distinguió a mendigos y noctámbulos. Tan grande era su preocupación que le inspiraba su amado que la visión de su hogar festivamente iluminado, la primera que había tenido desde su transformación, no le produjo ni la más leve punzada de dolor o nostalgia.

La primera nota de un alarido le indicó que había sido vista, pero se deslizó en la oscuridad tan deprisa que el grito perdió convicción y acabó conviertiéndose en una risita incómoda. Temía que Fragador hubiera llevado a la práctica la amenaza de sus últimos poemas y se hubiese suicidado, pero el deseo temeroso que la invadió era más fuerte que su miedo. Había anhelado la unión con él. ¿Qué unión podía ser más completa que convertirse en el mismísimo Fragador? Sus murmullos entre poema y poema le habían revelado que no se le concedería cripta inexpugnable. Merifilia saquearía su sepulcro en pleno mediodía, adelantándose a los gules más robustos para apoderarse de sus amadas reliquias. ¡Al diablo los guardianes! ¿Acaso había alguna forma mejor de terminar su odiada existencia que adoptando la forma de su amor, recordando el dolor de su muerte mientras veía aproximarse la suya contemplándola a través de los ojos de Fragador? Ninguna pasión había podido consumarse con tal plenitud, y aquel desenlace lloraría en vano pidiendo ser inmortalizado por la pluma de Fragador. Merifilia volvió a su tumba favorita sintiéndose fatigada e inquieta, pero también un poco más animada, se reclinó bajo la sombra de la Diosa del amor y allí se quedó dormida.

Unos sollozos tan amargos que creyó que debían ser suyos acabaron despertándola. La hinchada luna rojiza se había convertido en un delgado disco que flotaba sobre su cabeza. Se frotó los ojos y no encontró lágrimas, pero los sollozos seguían. Era él, y la alegría que sintió casi le hizo abrazarle antes de pensar en el efecto que su acto podía producir.

-¡Gules! – gritó de repente Fragador -. ¡Diablos y espíritus de la oscuridad, escuchadme! ¡Mortila, ven a por mí! Merifilia se puso en pie antes de que alguna otra entidad pudiera responder a la llamada de Fragador.

-¡Por Cludd! – jadeó el poeta. La mitad de su espada emergió de la vaina como un relámpago de plata y, en un destello de conocimiento tan cegador como el del metal, Merifilia se vio a si misma en el aborrecimiento de su mueca. Una rueda giró pesadamente dentro de ella dejando tras de sí los restos de algo aplastado. Merifilia cruzó los brazos delante del pecho, apoyó las manos en sus hombros e inclinó la cabeza en un gesto de súplica.

– Te he llamado – dijo él después de un largo silencio -. Tu rapidez en acudir me sobresaltó.

– Perdóname.

– La ofensa y el perdón carecen de significado, pues el significado mismo se ha desvanecido. Terisa Sleith ya no existe.

– Lo siento – mintió Merifilia.

– Es lógico que lo sientas – dijo él -. Ni siquiera el sueño de un gul puede penetrar en el sepulcro de los Sleith.

Merifilia alzó la cabeza para protestar ante esa mala interpretación de sus palabras, pero el rostro de Fragador la derritió y la redujo al silencio. Algo parecido al asombro pasó por él en cuanto Fragador vio sus ojos. Su padre siempre los había alabado diciendo que eran lo más hermoso que poseía, y ahora sus ojos eran los globos amarillos más luminosos del mundo subterráneo.

-¿Eres realmente… ? – empezó a decir Fragador -. No, preguntarte si eres un síntoma de mi locura sería como admitir que estoy loco.

– Eres el hombre más cuerdo que ha existido desde que Asteriel Vendren.

– ¡Sleithretra nos salve de los gules con educación!

Merifilia se estremeció. Ni siquiera un gul podía pronunciar el nombre de aquella diosa en un cementerio a medianoche y, desde luego, no acompañándolo de una carcajada. Fragador estaba loco, y comprenderlo la emocionó todavía más. Las palabras escaparon de sus labios, tan imposibles de contener como un sollozo o una exhalación de último aliento.

– ¡Te amo!

Y el osado Fragador dio un paso hacia adelante.

– Entonces baja de la tumba, Mortila, y hablemos de amor.

Merifilia temblaba de tal manera que sus mandíbulas no pararon de castañetear hasta que pudo apoyarlas en la firmeza de su abrazo.

– No te burles de mí – murmuró, y añadió -: Y me llamo Merifilia.

Su rectificación pareció irritarle un poco, pero la aceptó.

– He oído decir que si un gul devora el corazón y el cerebro de una persona se convierte en esa persona.

– Lo he visto ocurrir.

– No pretendo ofenderte, pero… ¿Esa restauración no irá acompañada de alguna otra característica? ¿No habrá redundancia de dientes, ningún olor extraño o el impulso de echarse a reír en los momentos más insospechados? Merifilia ladeó la cabeza apartando sus ojos nublados por las lágrimas del rostro de Fragador.

– La suplantación es perfecta – dijo con cierto enfado -. ¿Es que mi olor te ofende? Lamentó aquel estallido de mal genio apenas se hubo producido. Había olvidado que su nuevo rostro y su voz actual traducían la petulancia como furia demoníaca.

– Por favor… – dijo Fragador en cuanto volvió a ser capaz de hablar -. No me refería a eso. Un cadáver… Ya sabes. Posees una considerable belleza interior, Merifilia. La veo en tus ojos.

– ¿De veras?

– Por favor, no te rías. No estoy acostumbrado a ese tipo de carcajadas. – Merifilia no era consciente de haber reído. Fragador tomó su mano entre las suyas y Merifilia estuvo a punto de perder el conocimiento -. Mi querida… Mi querida gul, tengo en mi poder la llave de la tumba de los Sleith donde Terisa será enterrada mañana. Deseo que dispongas de ella tal y como dijimos antes.

– ¡Pero eso es monstruoso! Su mirada le dejó bien claro que la palabra le parecía de un cierto mal gusto teniendo en cuenta cómo eran los labios que la habían proferido, pero Merifilia siguió hablando sin poder contenerse.

– Sería tal y como era ella en vida. Si te rechazó entonces…

– Fueron sus padres los que me rechazaron. Sus padres, su posición y su apellido, pero su corazón… Su corazón nunca me rechazó. Si Terisa pudiera disponer de una hora más, escucharía los dictados de su corazón. Si pudiera hablar con ella, mirarla… ¿Podría atreverme a esperar un beso suyo? Un perverso impulso de negarse se apoderó de ella. Le deseaba como jamás había deseado a nadie, pero el precio que exigía – el que se transformara en la clase de persona que su padre y su madrastra habían querido que fuese- le parecía demasiado alto.

– Por favor, Merifilia – murmuró Fragador, y la asombró posando sus labios sobre su mejilla. Merifilia aceptó la llave que el poeta depositó sobre las callosidades de su palma.

Cuando faltaba poco para la hora de la cita Merifilia se deslizó con el sigilo propio de los gules entre las flores que adornaban las tumbas de los ricos. Todo el mundo sabe que la cautela y el silencio de esa especie son tales que comparado con un gul hasta el búho parece ruidoso y torpe. Tenía las orejas desplegadas para captar los murmullos de las mariposas y el murmullo de los gusanos que moran dentro de los ataúdes. Sus fosas nasales se habían dilatado al máximo, por lo que cada cadáver sepultado a su alrededor anunciaba su discreta presencia por muy marchito y seco que le hubiera dejado el paso de las eras, y no había ninguno más perceptible que el de Teresa Sleith. Su putrefacción apenas era un suspiro oculto bajo las lágrimas saladas y los jabones perfumados de la servidumbre que la había engalanado por última vez.

Ningún otro gul contaminaba el aire con su rancio aliento y no había vigilantes que lo mancharan con su respiración cargada de vino, pero aún así Merifilia siguió avanzando con el máximo de precauciones, horrorizada por una visión de la hueste subterránea que la pisoteaba para invadir la tumba de los Sleith, apoderándose de los huesos que llevaban mil años en aquel recinto inviolable y dispersando los despojos de Terisa en mil gargantas codiciosas. Si aquello ocurría jamás podría volver a contemplar el rostro de Fragador y mirarle a los ojos. No, se acercaría desde atrás, vencería la repugnancia que le inspiraba la carne que aún no estaba madura y la devoraría. No podría disfrutar de los suspiros, las miradas y las caricias de su amado, pero al menos le conocería desde lo más hondo de su ser.

No se irguió hasta haber llegado a las sombras del umbral, allí donde el terrible lema de la tribu de Terisa estaba grabado bajo la imagen de Sleithretra. ELLA ACARICIARA A QUIEN JUEGUE CON NOSOTROS, La llave de bronce que Fragador le había entregado resbaló de sus dedos temblorosos y cayó al suelo haciendo un ruido que le pareció tan potente y terrible como el del garrote de un vigilante, y sus garras necesitaron unos momentos para acostumbrarse a aquel ingenio concebido por y para los seres humanos. Cuando por fin logró alcanzarla hasta el ojo de la cerradura e introducirla en él Merifilia lloraba de impaciencia y temor.

Los paneles de bronce giraron hacia el interior moviéndose sobre bisagras bien engrasadas. La cadena que terminaba en el gong de la torre había sido cortada por un vigilante que apreciaba la poesía de Fragador y sentía un aprecio aún mayor por el opio, y al que no había sido difícil persuadir de que si el poeta deseaba entrar en la tumba no era para cometer ninguna indecencia excesivamente fuera de lo corriente con el cadáver de quien había sido la favorita de todo Crotalorn.

En cuanto hubo apartado la pesada tapa del sarcófago Merifilia tuvo que admitir que era muy hermosa, sobre todo ahora que su color rosado de su tez había sido sustituido por una gama de matices violáceos. La cabeza fatalmente torcida había quedado casi recta. Terisa bien podría haber sido una joven dormida que se despertaría con una leve rigidez del cuello como único motivo de queja.

Merifilia se quedó inmóvil durante un momento para admirar aquella nariz diminuta y elegante, tan distinta de la que ella había poseído en vida. Después se la arrancó de un mordisco. Desenroscó su lengua, afilada como una navaja, y la introdujo por la boca de Terisa para ir desmenuzando el cerebro hasta convertirlo en fragmentos diminutos que podría engullir sin ninguna dificultad. Movió las más pequeñas de sus garras en dos giros remilgados que le sirvieron para extraer los ojos de sus cuencas, y los saboreó conteniendo unos leves gemidos de placer antes de pasar a la opulenta suculencia de los pechos.

Terisa podía oír el parloteo de sus hermanas. Habían asistido a la revista del regimiento conocido como Torbellino de Cludd. Tenían la costumbre de provocar a los Soldados Sagrados ofreciéndoles sonrisas invitadoras y nerviosos meneos de caderas. Los guerreros debían mantenerse célibes, y en aquellas ocasiones se les ordenaba que se mostraran más firmes y adustos que nunca. Las chicas intentaban conseguir que alguno de ellos dejara caer su pica o, peor aún, que alzara su báculo, delitos por los que el culpable sería flagelado y obligado a pasar una noche de rodillas sobre un montón de guijarros. Merifilia, en cambio… ¿Por qué no había disfrutado nunca de una diversión semejante, por qué ni siquiera había llegado a ocurrírsele que era posible? Merifilia estuvo a punto de llorar por la vida que había malgastado, pero no tardó en recordar que Terisa Sleith ya se había encargado de hacer todas esas cosas por ella.

Siguió desgarrando el cuerpo hasta dejar al descubierto las costillas y abrió la caja torácica como si fuese un libro: el Libro del Amor. Después engulló el corazón y saboreó la resistente flexibilidad de ese músculo. ¡Qué sobresalto había tenido aquel corazón cuando Terisa giró sobre la punta de los pies en lo alto de la escalera para enseñar su vestido de novia y sintió cómo el dobladillo se enganchaba en su tacón! El suelo se ladeó y el techo empezó a dar vueltas, pero la seguridad de que jamás podría ocurrirle nada le ahorró el terror que podría haber sentido en otras circunstancias. Aun suponiendo que ocurriera (y ahora no podía caber duda alguna de que estaba rodando por la escalera) sólo sufriría algunos molestos moretones. Compadeció al coro de los que gritaban. Sintió el deseo de tranquilizarles recordándoles que era Terisa Sleith, cuya juventud y belleza era invulnerables. Y, sin embargo, iba a morir…

Merifilia se enfureció ante la injusticia y la perversa inoportunidad de aquel accidente. Lo que más lamentaba era la falta de gracia con que se había marchado al otro mundo y, sobre todo, el que aquello hubiese ocurrido delante de sus hermanas. Examinó aquellos pensamientos, comprendió que el momento ya casi había llegado y se apresuró a terminar el banquete. Apenas había echado la mirada a los riñones cuando posó sus ojos en su mano y se sintió invadida por una mezcla de emociones que muy pocas criaturas pueden llegar a conocer.

Ver su mano le hizo sentir una terrible repugnancia. Aquellos dedos minúsculos que parecían gusanos regordetes, tan distintos de las garras que había acabado acostumbrándose a poseer… Y, al mismo tiempo, Terisa sintió una oleada de náuseas al ver lo que sostenía en su delicada manita, y lo que manchaba su brazo hasta la altura del codo. Ambas necesitaron algún tiempo para calmarse. Terisa aceptó su muerte más deprisa y de mejor grado que Merifilia, quien se resistió con todas sus fuerzas a la voluntad extraña que acabó haciéndola lavarse con el vino y el aceite almacenados en la tumba para un más allá que había sido imaginado de una forma muy distinta. Mientras se secaba con una punta del traje que no se había manchado, Terisa la riñó por no haberlo cuidado mejor, pues ahora no tenían nada que ponerse. Merifilia se acordó de su madrastra.

Terisa cogió el sudario que envolvía los huesos de un Sleith ya casi olvidado y lo hizo girar a su alrededor. Le bastaron unos instantes para conseguir un porte mucho más elegante y distinguido del que habría podido soñar Merifilia y aún llevando sus mejores galas.

-Creo que hay que sacar el mayor provecho posible de lo que tienes a mano- dijo Terisa -. No importa cuál sea tu situación. Aunque fuera el gul más horrendo intentaría ir bien arreglada y presentable. Y no quiero desperdiciar mi breve resurrección encerrada en una tumba maloliente, así que salgamos de aquí, ¿de acuerdo? Una parte de su ser deseaba quedarse y consumir los restos que le faltaban por devorar, pero la otra ni siquiera quería ver el sarcófago, y ambas partes pertenecían a la misma persona, aquella que en lo más hondo de sus pensamientos se daba el nombre de Terisa Sleith y que sentía un impulso casi incontrolable de reír cuando se otorgaba ese nombre.

Fragador había hecho sacrificios y esperaba lo que ocurriría, pero ver como Terisa salía de la tumba le dejó sin habla. Terisa movió la cabeza haciendo ondular su cabellera de aquella forma tan irresistible que la distinguía y contempló el cementerio que la rodeaba antes de divisarle medio escondido entre las sombras que proyectaba un demonio de piedra. Cuando su rostro se iluminó, el corazón de Fragador despertó como los pájaros que saludan en coro la llegada del amanecer.

-¡No estás muerta! – Rió como si se hubiera vuelto loco -. sabía que era una equivocación, sabía que tú… La compasión que había en sus ojos le hizo callar antes de que sus labios hubiesen pronunciado una sola palabra más.

– No, no era una equivocación – dijo ella -. Y tampoco soy del todo lo que parezco.

– ¿Neritilia? – Por favor, intenta acordarte de mi nombre. El amor que ella siente por ti hace que el mío parezca ridículo.

El amor le había traído hasta aquí, cierto, pero también la ira, la ira que le inspiraba el sometimiento de esclava de ella a las reglas y convenciones sociales; la ira consigo mismo por haber roto esas reglas siendo pobre y poeta… Terisa había planeado casarse con un hombre a quién se le acababa de adjudicar la construcción de un sistema de retretes públicos para la ciudad.

– No puedes vestir sonetos o comer odas – le había dicho Terisa -, pero puedes construir un palacio lleno de perfumes sobre el cimiento de unos urinarios.

En sus momentos más enloquecidos Fragador había querido resucitarla para poder estrangularla o, como mínimo, para poder preguntarle qué opinaba ahora de su palacio lleno de perfumes. Había pensado acompañar la pregunta con un elegante ademán de la mano que abarcaría los mármoles del sepulcro iluminado por la luna. Pero estar en presencia de aquel prodigio hacía que el sentir despecho fuera totalmente imposible. Y tampoco debía olvidar la existencia de aquel ser monstruoso pero mágico que la animaba. Una parte muy extraña de su ser la amaba todavía más de lo que había amado a Terisa. A diferencia de Terisa, el monstruo apreciaba su arte. Incluso le había comparado con Asteriel Vendren, de quien su adorada y estúpida Terisa jamás había oído hablar…

– Merifilia – dijo con toda claridad mientras la tomaba entre sus brazos. Después de haber conocido los suaves suspiros y los gritos que acompañan los transportes extáticos del amor humano Merifilia lloró las lágrimas más amargas que había derramado desde que fue exiliada al mundo subterráneo.

– ¿Por qué lloras? – le preguntó Fragador con ternura.

– No es nada. Se me ha metido polvo en los ojos.

– Ocurre de vez en cuando – dijo Fragador desde lo más hondo de su sabiduría y compasión humanas, y los sollozos se hicieron todavía más desgarradores.

-¿Qué importa el que tus absurdas pautas y valores me considerasen vana y frívola? – preguntó una voz dentro de su cabeza -. Conocí la vida, el amor y la felicidad. Ahora conoceré la paz. Tu, en cambio… ¿Podrás hacer alguna vez afirmaciones semejantes? No estaba segura de si aquellas palabras habían sido pronunciadas por Terisa antes de esfumarse o si eran las palabras que ella habría puesto en su boca. Fueran de quien fuesen, herían con el agudo filo de la verdad. Se puso en pie antes de que la transformación se hubiera completado. No quería mancillar el recuerdo de su amor permitiendo que el poeta volviese a ver su auténtica forma. Se volvió hacia él para contemplarle por última vez y se halló ante el rostro sonriente de Artrax.

– Ahora puedo escribir poemas para ti – dijo Fragador -. “Conoceremos los descubrimientos de la oscuridad…” ¿Qué te parece como principio? Encontrarse con Artrax había acelerado la evasión de Terisa. Merifilia examinó la necrópolis con todos sus sentidos en busca de Fragador, pero él también se había desvanecido.

– ¿Qué has hecho con él? – preguntó -. ¿Dónde está? – Hizo un trato con dos de nosotros – dijo Artrax -. Contigo anoche y conmigo esta noche antes de beber un veneno… Su sonrisa era tan horrible que incluso Merifilia retrocedió ante ella. Había aprendido algo de Terisa. Ya no sentía deseos de llorar. Se dio la vuelta, contempló la puerta del sepulcro de la Gran Casa de Sleith, abierta y sin vigilancia y sonrió. Oyó las risas distantes de las criaturas como ella misma que habían nacido del viento nocturno y, por primera vez, se unió a las carcajadas sin intentar contenerse.

.

Como ya dije, nunca volví a ver a Ofelia, y recordé su nombre al estar escribiendo esta entrada. Ahí le avisan que por fin pude leer ese texto y creo que al fin entendí de cierta manera, por qué mis garabatos le recordaban a Mortila Merifilia. Por cierto, el autor Brian McNaughton fue un escritor gringo que tiene muchísimos cuentos y publicaciones entre historias de terror, fantasía, humor negro y sátira. Yo nunca lo había leído, pero me pareció muy interesante el cuento porque a pesar de lo oscuro y repugnante que puede parecer el ambiente en el que se desarrolla la historia, se habla de situaciones de humanidad desde fragmentos y recuerdos.

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Imágenes: Merifilia, Miniaturas gul

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Archivado bajo Arte, Cuentos, General, Interesantes, Textos

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