William Hazlitt – Dos párrafos Sobre el sentimiento de inmortalidad en la juventud


Tal como dije en otra entrada de hace unos meses, hace varios años compré en la FIL de Guadalajar un par de libros, editados por la UNAM. Hace relativamente poco encontré de nuevo los libros y los releí. Creo que fue una experiencia interesante, puesto que fue como si los hubiera leído por primera vez, puesto que encontré muchas cosas nuevas y el asombro a lo que en ellos se dice no es como el de una relectura, sino como una primera impresión.

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William Hazlitt - Sobre el sentimiento de inmortalidad en la juventud

William Hazlitt – Sobre el sentimiento de inmortalidad en la juventud

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Para no hacerla tan larga, dejo a continuación un par de párrafos intermedios de este pequeño ensayo que William Hazlitt publicó aproximadamente dos años antes de su muerte. Realmente recomiendo que lean el ensayo, y sé que a las personas más jóvenes no les impresionarán tantos de los argumentos, pero si lo harán para aquellas personas que se encuentran en un momento de vida más adelante de la adolescencia.

[…] Bien puede el poeta empezar su indignada invectiva contra un arte cuyo declarado objeto es la destrucción con este animado apóstrofe a la vida. la vida es, en efecto, un extraño don y sus privilegios en suma milagrosos. No tiene nada particular que cuando ese favor espléndido se nos concede al principio, nuestra gratitud, nuestra admiración y nuestro deleite nos impiden reflexionar sobre nuestra propia nada, o pensar que algún día ese hermoso don nos será retirado. Nuestras primeras y más fuertes impresiones las tomamos del grandioso escenario abierto ante nosotros y muy inocentemente transferimos tanto su durabilidad como su magnificencia a nosotros mismos; este escenario es tan reciente que no podemos decidirnos a apartarnos de él y en el mejor de los casos posponemos tal consideración a un plazo indefinido. Como un payaso en una feira, estamos llenos de asombro y de éxtasis, y no se nos ocurre pensar en regresar a casa o en que pronto será de noche. Sabemos de nuestra existencia sólo por objetos externos y con ellos la medimos. Ser espectadores nunca podría satisfacernos: más la naturaleza nos exige ser espectadores y también aplaudir. De otra manera, el suntuoso espectáculo, “el festín de la razón y el flujo del alma” (Pope, Alexander), al cual fuimos invitados, parece poco menos que una mofa y un cruel insulto. No salimos del teatro hasta que la escena ha acabado y las luces empiezan a apagarse. Pero el hermoso rostro de las cosas todavía relumbra, ¿Nos han de llamar antes de que caiga el telón o antes de que apenas hayamos echado una ojeada a lo que está pasando? Como niños, nuestra madrastra Naturaleza nos aúpa para que podamos ver el espectáculo del universo y luego, como si la vida fuera un peso que soportáramos, nos deja caer de nuevo en un instante.

Aún en ese pequeño intervalo, ¡qué “magnificas cosas terrenales” (Dryton, Michael) no nos descubre el espectáculo!; ¡Como burbuja que en un instante refleja el universo y al siguiente revienta en el aire! Ver el sol dorado y el azul celeste, el inmenso oceano, caminar sobre la tierra verde y ser señor de mil criaturas, asomarse a vertiginosos precipicios o sobre floridos valles lejanos, ver el mundo desplegado bajo nuestro dedo en un mapa, acercar a nostros las estrellas, observar los más pequeños insectos en el microscopio, leer la historia y presencial la revolución de los imperios y la sucesión de las generaciones, oír de la gloria de Sidón y Tiro, de Babilonia y Susa como de un descolorido espectáculo y poder decir: todo eso fue y ahora es nada; pensar que existimos en este lugar del tiempo y en esta esquina del espacio, ser al mismo tiempo espectadores y parte del espectáculo, contemplar la vuelta de las estaciones, de la primavera y el otoño, escuchar “el pichón salvaje en la espesura del bosque que somnoliento zurea al vendaval susurrante” (Thomson, James), atravesar páramos desérticos, escuchar el coro de medianoche, visitar iluminados vestibulos o arrojarse en la oscuridad de la mazmorra, sentarse en los teatros abarrotados y ver cómo se hace burla de la propia vida, sentir frío y calor, placer y dolor, razón y sinrazón, la verdad y la mentira, estudiar las obras de arte y refinar el sentido de la belleza hasta el paroxismo, adornar la fama y soñar con la inmortalidad, leer a Shakespeare y pertenecer a la misma especie que Isaac Newton, ser y hacer todo esto y en u momento no ser nada: que se nos arranque todo como por arte de magia o de fantasmas. Hay algo increíble y repulsivo al sentido en esa transformación y no nos debe asombrar que, ayudados por la juventud y el calor de la sangre, por la abundancia de entusiasmo, nuestra mente por largo tiempo se las ingenie para rechazar con desdén y asco, como ficción improbable y monstruosa, esa idea; como un mono en el tejado detesta, en medio de sus espléndidos hallazgos y vistosas bufonadas, que lo arrojen de cabeza a la calle y lo reduzcan a nada, para divertimento  y risa de la multitud. […]

William Hazlitt

  • Drayton, Michael, “To My Most Dearly-loved Friend, Henry Reynolds, Esquire, of Poets and Poesy”, v.106.

  • Pope, Alexander, Imitations of Horace, “Satire I”, v.128.

  • Thomson, James, The Castle of Indolence, I, vv. 33-34.

Y con esto dejo la entrada, espero que les llame la atención y traten de conseguir el pequeño librito lleno de tantas ideas. Si desean comentar algo en la parte inferior está el  espacio adecuado, y si desean seguir el blog, sólo de click en el botón que se encuentra a la derecha.

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