La Venus de los Cheques – Xavier Velasco


Portada Materialismo histérico - Alfaguara

A Xavier Velasco lo he leído en varias ocasiones, y uno de los primeros libros, si no el primero, fue El Materialismo Histérico; dentro de ese libro fue también de los primeros textos el de La Venus de los Cheques. No es que me acuerde cada vez que salgo por ahí, de la situación planteada en ese texto, pero hay ocasiones en que lo he comentado en una plática y siempre es mejor tener la versión original que la resumida, por eso del enriquecimiento que surge de leer directamente al autor e interpretar o simplemente disfrutar de una lectura. Espero que les guste el siguiente texto, que a mi en lo personal, me parece bastante divertido y con una visión sumamente diferente a la de la gran mayoría de las personas. Tengo también otra entrada llamada de un texto del mismo autor y del mismo libro (Zooming Theologicum), si desean leerla solamente den click AQUI o en enlace que está entre paréntesis.

La Venus de los cheques

La conocí en alguna mañana melancólica, y así aprendí que las tristezas matutinas son también sobornables. Se que otro en mi lugar habría dado media vuelta no bien hubiera oído lo que yo escuche, pero aquella propuesta sonaba tan torcida que la curiosidad pudo mas que el horror.
 No quedaba una sola promesa en sus pupilas solamente amenazas. Una de esas miradas de las que no se sale fácil, como si dentro de ella se hallara algún botín largamente anhelado, de modo que dejar de mirar a esos ojos era temer en riesgo el porvenir entero. Bastaba con entrar apenas en materia para que los cuchillos húmedos de sus pupilas contrabandearan luz y traficaran quimera por las otrora herméticas aduanas del alma. Entremos pues allí, en materia quimérica.
Nada en esa mujer era gratuito. Y no quiero decir que hubiera en cada gesto una razón, aunque si un precio. Números fríos, cerrados, brutalmente sinceros. Si quería invitarle un café, tenia que pagarle cine pesos. Aunque, claro, el café correría por su cuenta. Si quería saber su nombre serian cien mas. Y a cambio de su numero de teléfono había que desembolsar trescientos. Tendría derecho, ademas , a un pastel, una dona y diez minutos de conversación telefónica. 
Como digo, muchos en mi lugar se habrían alejado de inmediato. Pero quise quedarme, y así escuche la oferta en todo su esplendor: por tratarse de mi, me lo dejaba todo en doscientos cincuenta . Dona, café, pastel, llamada, nombre. ¿Y si le daba mil, que obtenía a cambio? No quise preguntarlo. Por mas que aquella extraña honestidad tarifaría me remitiera a esas mujeres que desde tiempo inmemorial prestan servicios similares, aunque intensivos, en sus ojos había un mensaje distinto. Y eso lo comprobé cuando, ya aguijoneado por la curiosidad, decidí darle los doscientos cincuenta.
Hablamos durante exactamente seiscientos segundos, mas que buenos para que no quedara lugar a dudas: Ella era una mujer como todas. Tenia amigos, iba a fiestas, vivía con su familia. Solo que a diferencia de tantas hijas de familia convencionales, detestaba el estira y afloja de las parejas ordinarias. Era, en cierto sentido, una anticuada. Incapaz de besar a nadie en la primera cita, tenia un concepto muy estricto del ritual de cortejo y noviazgo. Tanto que se regia por tarifas precisa y cuidadosamente escalonadas.
Si me daba por invitarla al cine, la cuota era de quinientos pesos, con derecho a sala VIP, un buen chocolate, un refresco mediano, estacionamiento, diez litros de gasolina y una amena conversación de quince minutos al termino de la película. Y si después de esa salida me interesaba aun volver a verla, por un pago adelantado de mil pesos se dejaría invitar a comer. Y a la tercera cita podíamos cenar por la misma tarifa, primer beso incluido.

 ¿Que clase de inmoralidad era esa? ¿Me estaba hablando en serio? Si, absolutamente. Sus ojos me seguían con lo que un vanidoso habría llamado sincero interés, si bien temí que fuese interés compuesto. Pero ¿Que prefería?¿Echar a la basura los doscientos cincuenta pesos que ya había invertido, y de los que no pude recuperar mas que un café, un pastel y una dona, o seguir invirtiendo, como lo haría con cualquier otra? Claro que cualquier otra no me habría cobrado por adelantado, pero si lo veía con calma venia siendo igual, y hasta mejor. La única diferencia estaba en que al momento de salir con ella yo dejaría de pensar en el dinero para concentrarme en lo importante, que por supuesto eramos nosotros. Ademas, sus sistema era un antídoto contra el machismo: a cualquier lugar que fuéramos, seria solo ella quien sacara la cartera. Yo, que ya había pagado por el paquete, me entregaría por entero a gozar de su dulce compañía. Un genuino all-inclusive, sin ilusiones vanas ni decepciones fáciles.

Sus argumentos eran casi impecables. Y digo casi porque, ya haciendo cálculos, note que sus tarifas habían sido infladas en un cien por ciento. ¿Era justo que exprimiera de esa forma tan cínica a quien solo se interesaba en conocerla, y eventualmente hacerla sonreír? (Debo decir que las sonrisas las prodigaba sin cargo alguno, como quien promueve sus productos repartiendo muestras gratuitas) En cuanto a las tarifas, estas tenían una razón de ser: mientras otras mujeres se prodigan en cumplidos no siempre verosímiles, la tarifa elevada tenia la ventaja de garantizar la satisfacción de mi pareja. ¿O no es cierto que un verdadero enamorado pagaría con gusto el doble o hasta el triple de cada cantidad con tal de estar seguro de que hizo un buen papel? ¿Como se hace para, bajo estas condiciones, convertirse en un verdadero enamorado? Es cuestión de costumbre. Al principio, sus métodos me hacían avergonzarme de mi mismo. Eso de ir a depositar el dinero en su cuenta, luego enviarle la ficha de deposito por fax, para dos días después poder salir con ella, era aun mas incomodo que mirarla pagar todas las cuentas, y soportar que en cada uno de los lugares a los que íbamos me miraran como a un cafiche de ocasión. Comencé a acostumbrarme por ahí de la cuarta cita, tanto que en poco tiempo me resulto natural, y de hecho muy cómodo. Sobre todo desde que nos hicimos novios, gracias a un auspicioso plan de financiamiento que mi chica diseño especialmente para nosotros.
Un noviazgo no es para tomarse a la ligera. Se corre el riesgo de sufrir decepciones, perder el tiempo, hacer un mal negocio. Y eso de entrada incrementaba los costos. El día que le declare mi amor, solo dijo: “No se, voy a pensarlo”, y echo mano de la calculadora. Poco rato después me expuso en un papel la situación: Si nos hacíamos novios, las tarifas por salida subirían al doble. Pero en vista de que ella no deseaba terminar una relación tan bonita, podía darme un crédito del cincuenta por ciento. Es decir que si yo le firmaba un pagare por la mitad de la nueva tarifa, bastaba con que depositara la otra mitad en su cuenta y listo: Salíamos como novios. El contrato, ademas, incluía una clausula de exclusividad: seguro contra cuernos completamente gratis. ¿Quien mas daba esas facilidades?
No he olvidado la tarde en que llegue a verla con la fianza en la mano. La reviso con calma, certifico el respaldo para los próximos treinta y seis cheques y me ordeno muy quedo, con los parpados entornados de pasión, que la besara ya, sin cargo extra. ¿Como no despeñarse por un amor así, cuando con cada pago se tiene la certeza de una correspondencia en números negros? Cierta vez, cuando la nube de una duda inoportuna empaño brevemente nuestro idilio, me atreví a preguntarle cuanto me quería. Como en nuestros momentos electrizantes, mi novia procedió a sacar la calculadora y recitarme alguna suma astronómica: Exactamente lo que yo estaba debiéndole, mas los correspondientes intereses moratorios. ¿Todo eso me quería, de verdad? Una semana después, nos casamos.
Hoy las mañanas tristes me salen muy caras. Mi esposa me hace un cargo sin derecho a crédito por cada mala cara que pongo. En cambio, las sonrisas me valen un descuento especial en sus servicios. Ademas he renegociado mi deuda. Hoy debo mucho mas, y claro: ella también me quiere mucho mas. Cada día primero de mes, cuando los intereses se capitalizan, su mirada se funde con la mía en una comunión tan absoluta que me viene el impulso animal de echarle encima todo un fajo de billetes y acabármelo entero, de caricia en caricia. A falta de billetes, le firmo un nuevo cheque posfechado que me da acceso a largos raptos de pasión, en los cuales ella estimula mis hormonas hablándome al oído de réditos y multas en exceso. Se le corta el aliento, se le enturbia la visa, le tiemblan las rodillas cada vez que menciona todo lo que le debo, con las quijadas tiesas y los dientes vibrando del rechinido al relincho. Por mi parte, la vuelvo loca desglosándole una por una las lujuriantes cantidades que nos unen. Y ella entonces me corresponde con descuentos crecientes y lascivos, hasta que nuestros números se borran en una mar picada de pasiones jugosas, indómitas y, ay, incalculables.
A veces, cuando nuestros amigos hablan sobre los nobles sentimientos que los unen a sus queridas parejas, les digo que el amor es una deuda que crece cada día, pero nunca se acaba de pagar. Oigo entonces a sus esposas suspirar honda, ensoñadoramente, como hace todo el mundo cuando mira pasar a una quimera.

A continuación les dejo la referencia bibliográfica por si les interesa comprar el libro:

  • Velasco, Xavier. El Materialismo Histérico. Alfaguara.

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1 comentario

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Una respuesta a “La Venus de los Cheques – Xavier Velasco

  1. Reblogueó esto en C a r n i v a ly comentado:
    Ay, Velasco~♥

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