El chofer que hizo más que su trabajo


El día de hoy asistí a trabajar de forma no habitual. Inicié mis actividades con casi 4 horas de anticipación. El día laboral se desarrolló casi sin contratiempos y de forma dinámica. También salí de trabajar más tarde de lo normal. ¿A quién se le ocurre atravesar la ciudad más grande del mundo para cumplir cabalmente con un asunto laboral? ¡A la gran mayoría de la población! Afortunadamente para mí no es lo normal.

Para gran parte del camino me sirvió llevar conmigo el ejemplar de La habitación de las mariposas de Ramón Cerdá, que gané en un sorteo por fesibuc hace ya algunos meses, y del que actualmente leo la segunda parte en que está dividida la novela. Todo iba bien, la mañana sin tanto tráfico, un chofer que sabía por dónde ir para evitar detenerse en el tráfico y hacer más rápida la última parte del viaje. Al ser tan temprano y mi trayecto hacia el oriente, el sol me daba directamente en la cara. Saqué mis rêvo y leía. Llegué a mi destino, hice lo que tenía que hacer, y de regreso al punto de origen quise hacer lo mismo, pero desgraciadamente mis rêvo no estaban en su estuche. En un descuido debí tirarlos al bajar del vehículo en el que nos trasladaron de ida a todos.

El regreso al punto de partida fue en un vehículo diferente, con un chofer diferente, quien amablemente me llevó al transporte inicial para buscar entre los asientos y nada, no aparecieron. Fue relativamente triste para mí perderlos porque los usaba por prescripción médica más que por farolear, como suelen hacerlo muchas personas, y varias de las que conozco. Pero también pienso que ya tenía muchos años con ellos y tal vez requerían un cambio de dueño, alguien que no los tratara tan delicadamente (jajaja) y con tanto esmero.

Apenas iba a la mitad del recorrido de regreso a casa, y como ya no aguantaba los zapatos (prefiero otro tipo de calzado) subí a un trolebús. Continué la lectura de mi libro y al llegar a la glorieta de Miguel Ángel de Quevedo y avenida Universidad oí que el chofer gritaba ¡Cuidado! ¡Argh! Y noté que hacia señas a alguien que estaba una decena de metros adelante de nosotros. No sé bien cómo, ni sé por qué, pero el cable guía que lleva corriente eléctrica a estos aparatos se rompió.

No pensé que mi viaje terminó, seguí leyendo mientras la gente bajaba apesadumbrada porque ya no iban a poder llegar a donde iban, o por lo menos no en ese tipo de transporte, y solo me limite a leer y estar al pendiente de lo que pasaba en ese momento metros más adelante. El chofer de éste trolebús bajó, habló con el operador del trolebús que iba adelante, se pusieron de acuerdo, y subió nuevamente para tratar de solucionar el asunto.

Dos cables pendían a mitad de la glorieta y anochecía. Pronto no se verían, y los coches ya estaban teniendo problemas para circular por ese lugar. A todos (peatones y conductores) les da miedo un cable colgando, así que organizó a alguna gente que estaba por ahí y colocaron un tambo a mitad de la glorieta, lo marcaron con unas cartulinas blancas (que simulaban resplandecer con la luz de los faros, y hacía visible el obstáculo), y después se dedicó a que empujaran el trolebús que aún estorbaba para encarrilarlo nuevamente y que dejara de estorbar.

Mientras todo esto pasaba, los autos se aglomeraban desordenadamente alrededor de el barril plástico y tocaban el claxon para reclamar el paso (estamos muy mal educados como sociedad, no se sabe que pasa y ya están pegados los conductores a la bocina, como si eso fuera hacer que milagrosamente las cosas cambiaran). Subió al trolebús en el que yo iba y nos dijo a los que ahí permanecíamos que “ya pronto nos vamos, es que no podemos permitir que se queden así las cosas, sería más riesgoso para todos y hay que arreglar eso primero”. Obviamente todos entendíamos ya desde antes que no estaba detenido así porque si, cual vil microbusero que gusta de perder el tiempo y hacérselo perder a los que viajan con él y sus alrededores.

Para brincar el tramo roto debía acelerar y llevar por inercia el trole hasta que pudieran conectarlo nuevamente, pero para eso necesitaba espacio para realizar sus maniobras. Y tal como decía, la sociedad automovilística no educada no hacía caso de las personas que intentaban ayudar y entre bocinazos y “aventar lámina” complicaban más el asunto. Finalmente avanzamos, colocó los conectores en los cables y se bajó para indicarle al chofer del trolebús de atrás del problema. Pero complementando su forma de ayudar, pasó a todos los usuarios del trole de atrás hacia el que yo iba, dejó indicaciones, y alcanzó al otro que había tenido el problema. Cambió también al pasaje (los pasajeros) hacia el nuestro y siguió con el trayecto. Hasta donde alcancé a oír le dijo a los otros choferes que reportaran el percance de manera telefónica y que organizaran el paso de los que fueran llegando para que no se interrumpiera el servicio ni el tráfico.

Supongo que al llegar a su base también hizo algún tipo de reporte para que arreglaran esos cables. Pienso que éste chofer, que rondaría los 60 años, lleva años en esta actividad, que conoce el funcionamiento del sistema y está comprometido con su trabajo. Pero sobretodo pienso que en esta ciudad tan caótica debiera haber gente que se comportara “heroicamente” a manera de ese chofer que hizo más que su trabajo.

Y yo, sin lentes.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Cosas, General, Relatos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s