Zooming Theologicum – Xavier Velasco


La primera vez que llego a mis manos un libro de Xavier Velasco fue en mi cumpleaños de 2004. “Luna llena en las rocas“, un libro del 2000 que me me regaló una amiga muy querida de la facultad (Sara). Como siempre, me tardé un poco en comenzar a leer el libro, sin embargo no fueron años, sólo algunos meses. En aquel entonces fue lo primero que leí de él. Después oí en el radio una entrevista y regalaban su “último” libro  (El materialismo histérico) si uno sabía las respuestas correctas (desafortunadamente me equivoqué en una de las 10 y no gané nada más que el saber que ese libro existía, y eso me parece bueno). Tiempo después lo busqué y lo compré. Tiempo después también leí, porque me prestaron, Éste que ves (hace un par de años) y Diablo guardian (hace un par de meses). Esto quiere decir que del total de su obra he leído más de la mitad. Esto no quiere decir que sea mi escritor favorito, aunque si me gusta leer sus obras.

Portada Materialismo histérico – Alfaguara

Dentro de El materialismo histérico hay una serie de escritos que me parecen sumamente interesantes y buenos. Aquí dejo uno que me gustó mucho desde la primera vez que lo leí, y que no he visto colgado por la red. Creo que es bueno que lo conozcan y si les gusta, pues compren el libro para que lean los demás textos.

Zooming theologicum

Yo sé muy bien que Dios todo lo ve. Mi duda es si lo ve panorámicamente, como diciendo: “En mis dominios no me oculto Yo”, o si lo ve en detalle, milímetro a milímetro. Imaginemos un procesador capaz de vigilar la actividad constante de seis mil millones de programas. Desde el punto de vista humano, eso tendría que hacer la computadora de Dios. Pero hay otros enfoques. O sea que ahora echemos a andar un nuevo programa por cada perro, gato, elefante, conejo, mariposa, mosca, lagartija, hormiga que hay sobre la Tierra. Añadamos las plantas, las bacterias, los minerales, los vientos, los planetas, las galaxias, con todos sus millones de millones de millones de millones de habitantes probables. Conservadoramente hablando, claro. Suponiendo que hubiera en este mundo una cabeza capaz de concebir tan desquiciante cifra, pidámosle a esa brillante persona que nos indique cuál sería la cantidad de memoria necesaria pra almacenar,ordenar, relacionar y procesar la información arrojada simultáneamente por trillones de trillones de trillones de programas. Ahora imaginemos las carretadas de dinero que habría que pagar a cambio de ese Taj Mahal de la informática, por no hablar del inmenso espacio cósmico que se requeriría para acomodar el puro monitor: dos razones que por su propio peso harían de Dios un ente insobornable.

Soy incapaz de imaginar a un millonésimo de bit saltando en la pantalla para implorar que no lo borre de la memoria. De hecho, por más que grite o brinque ese desesperado millonésimo, es seguro que no lo voy a oir, ni a ver. Por eso me pregunto si Dios nos mira panorámicamente, o si aplica algún zoom poderosísimo que le permite ver la cantidad y denominación d los billetes en mi cartera, y simultáneamente predecir en qué clase de vicios me los voy a gastar. De manera que sigo sin saber qué tan pequeño soy en esta situación.

Me gustaría pensar que Dios está, como yo, sentado en medio de un jardín, mirando plácidamente a todas sus criaturas. De este lado hay un par de lagartijas jóvenes participando en un notorio remolino pasional, pero de este otro lado está una lagartija muy pequeña, muerta y colonizada por una tribu de hormigas que le come impaciente las entrañas. Si Dios pudiera verme como yo veo a estas lagartijas, seguramente sentiría alguna piedad. La dicha y la desdicha, a tiro de piedra. Pero considerarme una lagartija, o siquiera una hormiga en el jardín de Dios, sería un insufrible ejercicio de soberbia. Recordemos que soy un millonésimo de bit, y eso quizás ya sea demasiado. Para verme con el detalle que yo puedo mirar a cualquiera de las tres lagartijas, Dios necesitaría un telescopio inmensamente poderoso. Ahora que, si de verdad es Dios, debe tenerlo. Debe tener todo el poder para escanearme por dentro y por fuera, en cuatro o cinco o sabrá Él cuántas dimensiones. O sea mucho mejor de lo que yo percibo a cualquier ser viviente. Y por supuesto sabe quién mató a la lagartija.

Los crímenes merecen un espacio aparte. Todos los días se cometen, miles a cada instante. Solamente en el tiempo que le toma a un matancero destripar a doscientos cochinitos, hay millones de seres que igual están muriendo en garras de otros. Por no hablar de todas esas personas buenas y decentes que jamás han matado ni una mosca, pero que en este instante devoran cordilleras de tacos al pastor, y que según la mas estricta lógica moral no son menos culpables que el matancero. Es obvio que no hay Dios que guarde ira bastante para castigar todos y cada uno de estos asesinatos. Los míos, los de las lagartijas, los de las hormigas, los de las bacterias. Debe de haber nematelmintos sanguinarios, y hasta helechos de pútrida conciencia. Pero igual todo sigue en su lugar. Allá hay dos lagartijas que coquetean, mientras acá su hermana o su prima o su querida amiga es devorada por centenares de hormigas a las que su tragedia les resulta un pipiripao.

Y pensar que hay pazguatos que suponen a la naturaleza pacífica. Tal es la desventaja de ver el panorama sin entrar en detalle. Ahora, por ejemplo, el cadáver de la lagartija está rodeado de cadáveres de hormigas, que a su vez se han bañado en insecticida. Aunque, si nos da por ser severos, aquí el único insecticida soy yo, que acabo de lanzar las oleadas mortíferas sobre cierta pandilla de glotonas.

Dudo que las hormigas o las lagartijas sepan algo sobre la ira del Señor, pero seguro temen a los monstruos. Yo, por ejemplo. Comparado con ellas, soy Godzilla. Mas para ser un monstruo me paso de justo: he visto a las hormigas cebándose en el cuerpecito de la lagartija; he castigado su pecado con la muerte. Y antes he visto al niño que apuntaba con su resortera hacia la lagartija. Y le he pedido que no lo haga, por favor.

Claro que por entonces la lagartija aún estaba viva. Disfrutaba del sol, como tantas de su bronceada especie. Como yo, también. Y entonces vino el niño con la resortera. Pero no me escuchó, decidió desafiarme. Sacó una piedra enorme, la puso tras la liga y paf: mató a la lagartija. Si Dios tenía puesta la visión panorámica, es de creerse que no vio la piedra. Ni al niño, ni a la lagartija. Como tampoco ha visto las hormigas rociadas de veneno. Como también ignora que en lo que va de esta mañana he interrumpido permanentemente las vidas de decenas de insectos abusivos y un solo malandrín desobediente.

De nada sirve que me haga ilusiones. De que me vio, me vio. Y no creo que le haga ninguna gracia que un insecto insecticida como yo usurpe Sus inescrutables funciones. De modo que no tarda en aplastarme: splat. Como una de las tantas hormigas cuyas vidas no tienen para ustedes la mínima importancia. Como el niño grosero que ese comió esa torta llena de matarratas. Como todas las ratas que pagarían con su vida el arrojo de alimentarse a costillas de un cuerpo emponzoñado. Procedan, pues, señoras y señores: golpéenme, macháquenme, arránquenme los ojos, arrastren mi cadáver por las calles. Les aseguro que, cuando llegue el momento, tampoco encontraran moneda suficiente para sobornar a Dios, quien sin siquiera verlos se entregará a aplastarlos: split, splat, splut. Pero esos son asuntos suplementarios. Antes de que sea el fin, permítanme acabar.

“Y su reino no tendrá fin…”, sentencia la plegaria, insinuando que Dios reina asimismo dentro del Infierno, sobre todos los monstruos como ustedes y yo. Un sótano sobrepoblado de hormigas, lagartijas y niños asesinos, donde probablemente los insectos ya no sean tan pequeños, ni nosotros tan grandes. Un averno perpetuo como el poder del Dios que me ha enviado a este mundo a hacerme cargo de Sus criaturas, y ahora me escarmienta por la divina gracia de Su telescopio.

Se dice que los ojos de Dios son más grandes e intensos que todos los soles. Imaginemos el poder de esa lente que magnifica incluso las malas intenciones de una molécula. ¿Qué sucede si un ojo más brillante que el sol mira por una lente omnipotente? ¿ Cómo apagar un fuego que baja desde el Cielo? ¿Es posible que Dios nos eche un ojo sin convertirnos en cenizas de cenizas? Harto ya de escuchas sus preguntas redundantes y encima desatentas, todas ellas ancladas en un tema cósmicamente inocuo, les dejo por respuesta las mías, si bien dudo que sepan resolverlas. Finalmente, si lo que les preocupa es el pequeño monstruo envenenado, no soy quién para distraerlos de sus monomanías localistas. Dios, que todo lo ve, ha decidido castigarme dejándome a merced de un siniestro puñado de provincianos del Cosmos. Respetuoso de Su mirada fulminante y a merced de Su lente ilimitada, encomiendo mi espíritu en Sus manos y dejo que los monstruos vengan a mi.

Gracias por su atención, pueden lincharme.

Y si, como dije, les gusta, compren el ejemplar de El materialismo histérico o cualquier otro de sus libros. Es muy recomendable. ¿Algún comentario?, aquí abajo tienen el espacio para dejarlo. Si quieres recibir notificaciones de entradas nuevas, pues den click en el botón de la derecha que dice “Seguir”.

3 comentarios

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3 Respuestas a “Zooming Theologicum – Xavier Velasco

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  2. Pingback: La habitación de las mariposas de Ramón Cerdá o de Libros para entretener | Mas de vez que de en cuando

  3. Xavier Velasco es uno de mis escritores favoritos, supe de él por una de esas fotos populares de fragmentos de libros, la imagen era un fragmento de “La noche de los colmillos largos”, comencé a leer el libro hasta que encontré el fragmento, terminé el libro y leí “Diablo Guardián”, me gusta mucho su estilo narrativo.

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