Como toda buen armadillo, se sentía segura en la oscuridad de su madriguera. En la oscuridad solía quitarse su caparazón, y portarlo nuevamente al salir. Cierto día, al quitarse su caparazón, un rayo de luz la deslumbró. Miró hacia arriba y solo vió una sombra que se abalanzaba sobre ella. Forcejeó, recuperó su caparazón y mirando a la luz de la luna intentó reconocer a su captor. No pudo, no había estado en su vida hasta ese momento. Fue puesta en una habitación más grande, oscura también pero fría. Fue revisada a cada palmo, medida, reconocida siempre a la luz y se sentía vulnerable. Notó que la trataban con ternura, pero eso no alejó su miedo. Algo bebió un día, durmió y despertó en su madriguera. Eventualmente recuerda esas manos y sombras, y su tranquilidad se turba. No ha podido olvidar la luz de aquel día en que sintió que se movió su destino.
Fuente segunda imagen: Steve Creek Outdoors




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